Este año también nos vemos obligadas a volver a salir a las calles a denunciar las dobles y triples jornadas, la violencia machista, la brecha salarial, los suelos pegajosos, el patriarcado, la desigualdad estructural y la precariedad social y laboral.



« Nos pasamos la vida corriendo en  una carrera plagada de los obstáculos  que este sistema patriarcal y capitalista coloca en nuestro camino »

 

Preparar la comida de mañana, que no se me olvide el regalo de mi sobrina , a ver si esta tarde saco tiempo para darle un repaso a la casa, el pantalón de gimnasia para Uxue, hay que acompañar a ama al médico... seguro que me ponen pegas en el curro,al final lo tendré que coger de vacaciones… lo mismo saco un momento mientas voy a trabajar para ver cómo va el mundo que nunca me entero de nada… Luego llamo a Ana que no se nos olvide de nos hemos apuntado asamblea ¡el currículum! Tengo que mandar el curriculum a esa otra empresa que parece que los fines de semana necesitan gente… ¡parece que hoy voy a ir tranquila y con tiempo al trabajo! Bueno... a cualquier cosa le llamamos trabajo... al salir tengo que hacer compra ¿pero, en qué se me ha ido el dinero este mes? No estamos ni a mediados y ya voy ahogada...

Esta es nuestra carrera diaria. Una sucesión interminable de tareas, preocupaciones y gestiones que sostienen el mundo. Un mundo del que nosotras somos apartadas sistemáticamente, porque todas esas tareas infinitas sostienen un sistema que nos explota y al que solo le preocupa su propio beneficio.

Nos pasamos la vida corriendo en una carrera plagada de los obstáculos que este sistema patriarcal y capitalista coloca en nuestro camino. Corremos hacia la promesa de unas vidas dignas que no terminan de llegar mientras las dobles y triples jornadas, la violencia machista, la brecha salarial, los suelos pegajosos, el patriarcado, la desigualdad estructural, la precariedad social y laboral... Nos ponen la zancadilla una y otra vez.

La situación que vivimos las mujeres no es ni coyuntural ni inevitable. Responde a las necesidades del capitalismo, un sistema que organiza nuestras vidas de forma desigual repartiendo el trabajo, el tiempo, los derechos o el acceso a los recursos en función del género, el origen y la posición social.

La realidad que estamos viviendo es el resultado de decisiones políticas. Decisiones que repercuten directamente sobre la clase trabajadora y que castiga especialmente a las mujeres. Los salarios, las pensiones y las prestaciones sociales no garantizan vidas dignas pero además, condena a la miseria principalmente a las mujeres. Junto con el desmantelamineto de los servicios públicos, el acceso a la vivienda para muchas de nosotras es algo imposible y hacer la compra un lujo que no todas nos podemos permitir.

Mientras unos pocos se llenan los bolsillos, gastan dinero a manos llenas y militarizando la economía, la gran mayoría sufrimos las consecuencias de sus desmanes y sus políticas patriarcales, racistas y criminales.

Las trabajadoras estamos siendo condenadas a la exclusión y la pobreza; nosotras lo tenemos muy claro: la desigualdad tiene origen, clase y género.

 

 

Empobrecimiento estructural de las mujeres

Durante las últimas décadas hemos asistido a una concatenación de crisis que han ido empobreciendo y debilitando a la clase trabajadora y en especial a las mujeres. Estas crisis han sido la excusa perfecta para este sistema capitalista que se ha aprovechado de la situación para sacar beneficio mientras socializaban la miseria. Cada una de estas crisis ha consolidado la feminización de la pobreza.

Las mujeres no solo tenemos peores salarios sino que además tenemos peores condiciones laborales. Los sectores feminizados son quienes mayores dificultades tienen en la negociación colectiva con convenios que llevan años en ultractividad y mayor porcentaje de convenios estatales, que son notablemente peores, eso cuando hay convenio.

También somos las mujeres las que mayor parcialidad tenemos en concreto en Nafarroa el 21% de las mujeres tienen jornadas parciales frente al 6,9% de los hombres. En la CAPV los datos no son muy diferentes; la parcialidad de las mujeres está en 27% mientras los hombres que trabajan a jornada parcial son solo el 7%. Esta parcialidad que es mayoritariamente no deseada supone que en Euskadi el 72% de la brecha de genero esté motivada por la parcialidad.

No solo estamos sometidas a la parcialidad sino que además nuestras condiciones laborales son mucho peores que las de los hombres. Somos las mujeres quienes en mayor porcentaje cobramos salarios cercanos al Salario Mínimo Interprofesional (SMI). De hecho más del 60% de quienes perciben el SMI somos mujeres. Por eso las decisiones de los gobiernos de Gasteiz e Iruñea de no tener en consideración la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) presentada para un SMI propio de 1.500€ en Euskal Herria no solo es una decisión profundamente antidemocrática sino que es ademas absolutamente patriarcal y anti feminista. Un SMI digno es una necesidad urgente para poder dejar de sobrevivir y empezar a vivir vidas que merezcan la pena ser vividas.

El sistema capitalista organiza nuestras vidas de forma desigual, repartiendo los trabajos, el tiempo, los derechos y el acceso a los recursos en función del género, el origen y la posición social. De este modo asigna de manera sistemática a las mujeres el trabajo de hogar y de cuidados. Una situación que se manifiesta de de forma aún más dura en las mujeres migradas y racializadas.

No podemos obviar que esta realidad laboral que tenemos las mujeres se enmarca en un contexto socio-politico que agrava aún más la situación. La subida desorbitada de los precios, las dificultades para acceder a la vivienda, la brecha en las pensiones, los recortes en los servicios públicos....no está llevando aun empobrecimiento estructural que afecta principalmente a las mujeres y se intensifica en las trabajadoras más precarizadas.

Este empobrecimiento estructural que sufrimos las mujeres nos afecta de manera desigual y profundiza en las brechas, no solo de género, sino también de origen, estatus administrativo y clase. El empobrecimiento de las mujeres no se mide solo en euros también se mide en tiempo, salud, autonomía y derechos. Este sistema se sostiene sobre nuestro trabajo, sobre nuestros empleos mal pagados y nuestros trabajos de cuidados invisibilizados, nos somete a una prueba de obstáculos interminable y se aprovecha de nuestra energía productiva y reproductiva dejándonos exhaustas y sin medios ni recursos.

La pobreza no es un accidente es una herramienta de control. El sistema utiliza el miedo, la inseguridad y la culpa para disciplinarnos, especialmente a las mujeres.

 

 

 

Hay alternativa

No estamos en un momento fácil de historia, ninguno lo ha sido para las mujeres, cada día recibimos noticias que alimentan nuestra angustia y ponen en jaque ese espejismo de la igualdad y el bienestar: el avance de la ultraderecha, las políticas migratorias criminales, la pérdida de derechos que creíamos consolidados, los nuevos colonialismo, las guerras... son un cóctel tóxico de miedo, desilusión y amenaza que solo busca paralizarnos. Ante todo esto nosotras elegimos hacer frente a esta situación, movilizarnos y plantear alternativas porque la única manera de combatir este sistema criminal es haciéndole frente y exigiendo.


Una economía al servicio de la vida

Cuando nos enfrentamos a un modelo que prioriza el beneficio económico por encima de las personas y su bienestar es necesario construir una economía feminista que ponga en el centro la sostenibilidad de la vida en todas sus facetas.

La crisis de cuidados que estamos viviendo no puede solucionarse con la precarización de las trabajadoras del sector ni con la familiarización de los cuidados. Cuidar no puede ser un privilegio. Tenemos derecho al cuidado y es hora de que las instituciones garanticen un sistema público de cuidados.

Exigimos unos servicios públicos fuertes, que nuestros recursos se inviertan en el bienestar de las personas. Hay que abandonar la economía de la guerra y apostar por una economía que priorice a las personas. La educación, la sanidad, la vivienda y los cuidados han de ser los pilares de la autonomía y el bienestar.

Necesitamos tiempo para cuidarnos nosotras, para nuestro ocio, nuestra militancia... Y para ello hay que reducir la jornada laboral. La vida tiene que ser mucho más que trabajar y cuidar.

 


Derecho a migrar con dignidad

Las mujeres migrantes y racializadas sostienen parte de las economías de los países ricos mientras sus países sufren el colonialismo, la deuda externa y las políticas neoliberales. No solo son maltratadas en sus países de origen sino que cuando migran a otros lugares este maltrato se sistematiza. El capitalismo necesita cuerpos disponibles, con escasa o nula capacidad de negociación y sometidos aun marco legal que los haga vulnerables. Eso es lo que sucede con las personas migrantes, en especial con las mujeres. El racismo institucional, a través de la ley de extranjería, la irregularidad administrativa y la segmentación del mercado laboral, cumple una función central en esa tarea.

El 70% de las mujeres migradas se ven obligas a tener empleos con baja cualificación que sin embargo son imprescindibles para el sostenimiento de la vida: cuidados, servicios y agricutura son los sectores principales en los que se ocupan estas trabajadoras. Salarios precarios, vulneración continua de sus derechos, jornadas interminables o violencia contra ellas en el centro de trabajo se convierten es condiciones normalizadas para que el modelo funcione.

Es necesaria la abolición de la Ley de Extranjería y el reconocimiento de derechos plenos para las personas migrantes.


Condiciones laborales dignas

Las desigualdades estructurales afectan directamente en las condiciones laborales de las mujeres que se caracterizan por una mayor tasa de precariedad, informalidad y brecha salarial. Estas trayectorias laborales feminizadas son además castigadas por un sistema de pensiones y prestaciones que nos empujan a la pobreza también en la vejez. La brecha de género en las pensiones en el Estado Español se sitúa en el 30% y el 73% de las mujeres percibe pensiones por debajo de los 1.000€ (frente al 29% de los hombres). Esto no es más que la consecuencia de las condiciones laborales que tenemos las mujeres.

Las mujeres exigimos empleos con condiciones laborales dignas que acaben con la feminización de la precariedad y que nos permitan tener vidas que merezca la pena ser vividas.

  

¡El 8 de marzo a la calle!
17 de marzo, huelga general.

 

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